AHMAD GHOREISHI: Sinfonías de Color

Podría resultar extraño, el hacer un llamamiento a todo buen aficionado a la pintura, cuando por fin encontramos obras en las que podemos disfrutar y gozar, ante ejemplos que denotan un buen hacer y sentir pictórico. Y es desde estas líneas que tengo el honor de invitar a todos esos espectadores ávidos del buen arte, del verdadero deleite estético, a que se reencuentren con parte de las emociones que la contemplación de las últimas obras de Ahmad Ghoreishi pueden proporcionales, igual que pude yo disfrutarlas al disponer de ese privilegio por anticipado, el de poder participar de un contacto directo con las obras antes de exponerlas, de tocarlas, de observarlas, de admirarlas. El poder charlar con el pintor, de provocar una conversación donde fluyeran las reflexiones, los gestos, las impresiones estéticas, su pensamiento, el entusiasmo que proporciona ver cómo el artista "mima" cada una de sus obras, cómo habla de ellas; y de fondo, esa musicalidad desbordante que emana de muchas de sus obras, de un sinfonismo de colores que nos perturban los sentidos, que por nada nos deja indiferentes ante su contemplación.

Si enumeramos parte de los títulos con los que Ghoreishi acompaña estas obras, tenemos la clave estética que impera de entre las demás, la primacía de un color dominante en la composición, de un color implícito ya en el significado del título como los que llevan las series: Mediterráneo -donde el azul se convierte en el hilo conductor de los tres ejemplos realizados-; Los cuatro elementos: Aire, Mar, Tierra, Fuego -en los que los colores azul, amarillo, rojo y el blanco conforman en su significado primario la configuración de estos elementos esenciales de la Naturaleza-; o el de Prometeo -con el rojo (como dominante) que representa en la tradición, el fuego de la inspiración creadora que recibe el artista-.

Ya con esta llamada de aviso inicial, Ghoreishi busca captar la atención del espectador principalmente a través del impacto del color, contenido en una línea abstraccionista de las mejores de nuestro panorama actual. Parte casi siempre de un color monocromo que se convierte en el dominante en la superficie plana del lienzo, incluyendo además elementos provocados en algunos casos fortuitamente -gotas de pintura que caen aleatoriamente en la superficie, manchas accidentales que se integran en el lienzo, creadoras de belleza-, de líneas o pinceladas que se convierten en un elemento más del resto de la composición, en nuevos espacios dentro del fondo que llaman la atención del espectador, creando, de este modo, un nuevo lenguaje plástico dentro del mismo cuadro. Estos nuevos espacios o mejor llamado elementos estructuradores del espacio principal, siempre están comprendidos en una búsqueda de equilibrio entre las distintas masas que componen la totalidad de la composición, definido a través de un proceso muy intelectual -en el que podemos ver su condición de arquitecto incluida en este ejercicio-.

Estos espacios -reestructuradores de la composición general- procuran al espectador puntos focales específicos que orientan la visión hacia esa otra espacialidad, constituyéndose en bellísimos campos de color diferenciados del dominante. Estos espacios son producto de la espontaneidad, de una actitud gestual, instantánea, autónoma del propio artista que convierte el resultado final de su obra en una obra singular, de acabado espontáneo, interpretada con rapidez, no intelectualizada, en el que se traduce la emoción estética directa del creador en el momento de su realización. A veces se sirve de las pinceladas, otras de manchas aleatorias, de líneas, o su propia firma -que se integra como un elemento más de la composición-, y en ocasiones también se sirve de la caligrafía oriental -como en la serie de Los cuatro elementos- en los que incluye la caligrafía en cada una de las composiciones, sirviéndole para completar el significado de la composición además de ensayar con un trazado muy libre y espontáneo.

La dialéctica que se establece entre el fondo y los espacios estructuradores se transmiten al lienzo a través de pinceladas muy sueltas, amplias, con el acrílico muy aguado, mezclando en el lienzo los colores que siempre serán complementarios del principal que domina como monocromo en el resto de la composición. Se percibe además, una degradación exquisita de color que va desde una luminosidad absoluta en el centro del lienzo, para retornar a una oscuridad provocada por el contacto con otros colores de la paleta. Amarillos cadmios que conviven con los azules y blancos; rojos, negros, verdes, y en especial, los blancos luminosos, conforman grandes manchas de color que se hacen perceptibles en los fondos, integrándose armoniosamente a través de contornos esfumados.

Esta nueva individual de Ahmad Ghoreishi es por tanto, una magnífica oportunidad para encontrarnos con la buena pintura, una pintura plena de calidad, de sutiles atmósferas, de devoción lírica, de una sonora y magistral exaltación sensible del color como pocas veces tenemos ocasión de contemplar.

LOURDES JIMÉNEZ FERNÁNDEZ (Historiadora del arte)