El tiempo es una burbuja de oro que soplara, hace siglos, el cuestionable Midas. Los artistas, ahora, acaban de explotar su maquinaria; la han puesto a punto para desdeñar el paso de la vida, que, pasado un siglo -simplemente un guarismo-, es cada vez menos terrestre y más etérea. Todos sabemos ahora algo cierto: nacimos en un 19... y falleceremos en un 20... Este corrosivo dilema, esta suspensiva duda (que ya expuso en cierta ocasión Jorge Guillén en un poema, ante la angustia de la fecha sin cerrar), es lo que ahora más me conmueve y me incita a vivir deprisa.

  Viviendo rápidamente, el oro se hace menos sólido y más potable. Los alquimistas nos hablan acaso del tiempo en estos términos que resultan paradójicos e incomprensibles.

 

Rafael Inglada

 

 

 

Amapolas, 2000

Amapolas, 2000